El dulce éxito de Fanny la emprendedora del programa Juntos que convirtió el cacao en un símbolo de esperanza

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Entre imponentes montañas, quebradas de cristalinas aguas y una arraigada tradición agrícola se encuentra el caserío de Villa Rica, un paraíso escondido en la región Amazonas, donde el cacao no solo representa uno de sus mayores tesoros, sino también la principal fuente de sustento y esperanza para cientos de familias.

Fanny Dávila Suárez, productora cacaotera y usuaria del programa Juntos, del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (Midis), es un claro ejemplo. Del campo saltó al mundo de los emprendimientos, donde supo abrirse paso en la producción de chocolates artesanales y, lo que comenzó como un oficio temporal, terminó convirtiéndose en su proyecto de vida.

Su historia con el también llamado “superalimento de los dioses” comenzó a cultivarse en los años 90, década que marcó el éxodo de los campesinos andinos hacia la selva norte del país en busca de mejores oportunidades.

Así, el remoto caserío de Villa Rica, en el distrito de Imaza, provincia de Bagua, a tres horas y media de la ciudad de Bagua, se convirtió en uno de los principales destinos de la colonización interna, atrayendo a comuneros de otras localidades por sus tierras fértiles y biodiversidad única.

Era 1993 cuando Fanny, de apenas 10 años, dejó su natal Tamborapa, en Cajamarca, para mudarse a esta villa que combina historia, geografía y tradición. “El clima es maravilloso. Por eso, el cacao que sembramos es bastante aromático y muy cotizado. Aquí conocí a mi esposo, que también es migrante como yo, y juntos somos un gran equipo”, recuerda con emoción.

Angustia y esperanza

Para esta mujer de 43 años, aprovechar los desafíos y aprender de los reveses fueron las enseñanzas más eficientes para templar su espíritu emprendedor. A finales del 2017, el precio del cacao se desplomó, lo que la motivó a intentar otra salida en el rubro maderero y de cultivo de piñas, aunque sin éxito.

Sin desanimarse ni perder el rumbo, Fanny comenzó a ver alternativas para asegurar el sustento de su hogar. En el 2018 conoció al programa Juntos, que evaluó su caso y procedió con su afiliación. Poco a poco, ella fue ganando más confianza en los diversos talleres en los que aprendía sobre la importancia de la educación y la salud, además de fortalecer su autoconfianza y deseos de empoderamiento económico.

“Juntos me brindó educación financiera y eso me motivó a reinventarme con el chocolate. Con los incentivos compré una moledora de granos y moldes para elaborar chocotejas, aunque al principio sufrí bastante porque las ganancias eran muy bajas”, recuerda la artesana.

Pero fue un año después cuando el sueño de Fanny comenzó a hacerse realidad. Gracias a un fondo concursable, al que accedió gracias a la Cooperativa Yakatheo, con el respaldo de la ONG Helvetas Perú, obtuvo los recursos que le permitieron dar el paso inicial y encaminar su emprendimiento.

Basada en un modelo de asociatividad, la intervención permitió a los pequeños productores independientes de cacao conectar sus productos con nuevos mercados y mejorar su cadena productiva con estrategias de valor agregado para aprovechar al máximo los derivados del fruto.

Villachocolat, más que una marca

Gracias al proyecto, esta madre de cinco hijos recibió equipamiento y sus primeras capacitaciones en bombonería fina, abarcando todo el proceso de elaboración: desde la selección, tostado y descascarillado del grano hasta la elaboración de la tableta final. Así nació la chocolatería artesanal Villachocolat.

Detrás de cada pieza de confitería se percibe el amor y pasión de su creadora. Ella misma cosecha las mazorcas de la variedad CCN-95, comúnmente conocida como criolla, fermenta las semillas entre cinco y siete días y las deja secar al sol hasta que alcancen el equilibrio perfecto entre aroma y sabor.

Todas las mañanas, Fanny se sumerge entre ollas, refinadoras y empaquetadoras para crear distintas delicias como las barras de chocolate bitter, semiamargo y con leche; chocotejas con frutos secos; y el producto estrella que despierta una auténtica explosión de sabores: mermelada casera hecha con la pulpa blanca que rodea la pepa de cacao.

En poco tiempo, pasó de vender sus productos en calles y ferias barriales a exhibirlos en las principales vitrinas de Chachapoyas, Utcubamba, Bagua y Jaén. A la fecha, su emprendimiento ha logrado posicionarse entre los referentes de la chocolatería artesanal amazónica.

“Nunca creí llegar tan lejos. Gracias a la cooperativa Yakatheo tuve la oportunidad de representar a mi región en el Salón del Cacao y Chocolate Internacional en Lima. Fue algo increíble”, revela orgullosa.

Sus hijas Jherly (15) y Jharnely (13) comparten la pasión por la elaboración de chocolates, una vocación que las ha acompañado desde pequeñas. Ambas participan activamente en el emprendimiento familiar, especialmente durante campañas como Navidad, San Valentín y el Día de la Madre. Conscientes de que algún día asumirán las riendas del negocio, ambas aspiran a estudiar carreras vinculadas a la gestión empresarial.

El éxito de Fanny se refleja en más que un rico chocolate: es un ejemplo de perseverancia y de cómo el acompañamiento del Estado transforma vidas. El fruto que alguna vez pareció insuficiente para construir sus sueños hoy cimenta sus oportunidades reales de desarrollo, educación y bienestar para los suyos.

Villachocolat no solo es una marca consolidada. Es también un símbolo de resiliencia que ha logrado romper las barreras de la adversidad. Fanny Dávila continúa labrando su futuro, convencida de que su legado más dulce es haber convertido el cacao en el motor que impulsa el progreso de su hogar y su comunidad.

Fuente: Noticias Gob.pe | Publicado el Tue, 21 Jul 2026 12:49:00 -0500

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